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Los datos del Informe de Emprendimiento de la Mujer de Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2024/25 confirman que las mujeres lideran la transformación hacia un modelo de negocio donde la rentabilidad ya no se disocia de la sostenibilidad.

La reconstrucción de los pilares económicos globales en la era posindustrial exige algo más que la simple acumulación de capital; exige, fundamentalmente, un propósito. En un contexto en el que las principales economías internacionales intentan alinear a marchas forzadas sus tejidos productivos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas, las dinámicas de liderazgo empresarial están experimentando una mutación silenciosa pero profunda. Y en la vanguardia de esta transformación, demostrando una mayor sintonía con las demandas del siglo XXI, no se encuentran las corporaciones del viejo cuño, sino las mujeres emprendedoras.

Los datos aportados por la última edición del Informe de Emprendimiento de la Mujer de Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2024/25 resultan, en este sentido, incontestables. El 77,3% de las mujeres que deciden fundar una empresa priorizan los objetivos de carácter social dentro de sus planes de negocio, frente al 72,9% de los hombres; una brecha en favor del dividendo social que se replica en la protección del entorno físico, donde un 56,7% de las empresarias sitúa las metas medioambientales en el núcleo de su actividad frente al 55,9% masculino. Esta tendencia responde a un patrón sistémico: en todas las regiones analizadas por el GEM, las mujeres muestran una probabilidad un 5% superior a los hombres de anteponer la durabilidad y la sostenibilidad a la maximización del beneficio económico inmediato, redefiniendo así el significado del éxito empresarial.

Reducir este fenómeno a una simple inclinación altruista sería un error de diagnóstico macroeconómico. La preferencia por modelos de negocio comprometidos con los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) responde a una lectura mucho más acertada de los riesgos globales futuros, dado que las organizaciones que integran la sostenibilidad en su ADN demuestran una mayor capacidad de adaptación regulatoria, mejor retención del talento joven y superior resiliencia ante las crisis. Al priorizar estos factores, las emprendedoras no solo actúan bajo una responsabilidad ética, sino que están diseñando compañías más robustas y preparadas para los desafíos del mañana.

Ante esta evidencia, las instituciones públicas y los mecanismos de financiación privada no pueden permanecer de perfil. La iniciativa del GEM de preparar nuevas monografías específicas sobre el Emprendimiento de la Mujer y sobre Sostenibilidad es un paso idóneo para dotar a los legisladores de evidencias científicas inapelables. Sin embargo, celebrar este liderazgo con propósito es un ejercicio estéril si no va acompañado de un acceso equitativo al crédito y del derribo de las barreras estructurales que aún dificultan la consolidación de las empresas fundadas por mujeres. La vanguardia ya está definida; ahora corresponde al mercado decidir si camina a su ritmo o se queda rezagado.